Últimamente vivo en una isla, la única tierra seca en un mar de productividad, y soy la única que no sabe nadar. La isla se llama frustración, y aunque supongo que no es la única del mundo, sí que está bastante aislada. Mi curiosidad murió de hambre y sin ella la motivación ha perdido el rumbo y las ganas de luchar. Estoy aquí atrapada sin idea de cómo salir. O fuerzas para adentrarme a mar abierto.
Por las noches las estrellas brillan lejos con ecos de nostalgia, su luz perdida a millones de años luz de casa, y yo me pregunto dónde está mi luz y si al menos ella ha encontrado una casa.
Al principio empezó tan sutilmente que cuando por fin me di cuenta del cambio ya era algo natural. ¿Llego demasiado tarde? Por el camino se ha quedado la imagen que solía tener de mi misma; la ideal e invulnerable, la perfecta persona que algún día sería. Me ha dejado aquí sola, aislada, alejada del resto; de los que saben continuar con su vida y no tienen miedo al agua. Me ha dejado con preguntas incontestables y una pila de sentimientos que me había prometido no sentir.
Ojalá hubiera alguien en esta isla a quien pasar el peso de la culpa, porque esta soledad se clava a fuego en mi espalda, mi conciencia no descansa y mi pecho sigue sintiendo a su pesar. Solo quedan las canciones con las que nunca había planeado identificarme, su letra dolorosamente cercana y real, más real que nada que el sol o el cielo guarden, más real que lo que alguna vez sentí que era mi hogar y era solo falsa estabilidad emocional.
Una mentira. La promesa de una yo en la que ya no creo. He dejado de creer en mí misma.
Y me he abandonado aquí.
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