Nos contó su triste historia: cómo él se había pasado toda la noche pintando esos abanicos, cómo estaba en el paro y no tenía dinero para dar de comer a su mujer y a su hijo, cómo no le quedaba nada y lo único que podía hacer era pintar abanicos... Me fijé en que su supuesto trabajo era idéntico a uno que había visto yo hace poco en un chino.
Cuando se fue, una de mis amigas nos contó que ya había visto a ese hombre antes por otro barrio, y que no aceptaba limosna, que sólo quería vender su producto.
No sé si ese hombre diría la verdad o no, no sé si quería ese dinero para su familia o para drogas, no sé si habría pintado de verdad los abanicos; sólo sé que parecía sucio, desarreglado y triste; que hablaba francés, como luego demostró, y que vendía abanicos. Sólo sé que estaba motivado por la desesperación y que no tenía, encontraba o conocía otra forma de obtener dinero. Sólo sé que cuando lo vi me dio lástima y al mismo tiempo quise alejarme de él, porque su aspecto no me inspiraba precisamente confianza.
¿Cuántas personas van a tener que acabar vendiendo abanicos para que reaccionemos? ¿Cuántas personas tendrán que vivir en la miseria? ¿Tendremos que escarmentarlo en la propia piel para comprenderlo? ¿La única manera de empatizar, de ponerse en su lugar, es que nos suceda lo mismo a nosotros?
Demos el primer paso antes de que sea demasiado tarde, confiemos un poco más en el prójimo y menos en la cantidad de dinero que lleva en los bolsillos, en la calidad de su ropa o en su aspecto en general. Porque si fuera otro de nosotros el que estuviera en su lugar, nos gustaría que nos tomasen en cuenta: que no nos trataran como un simple despojo, que la sociedad nos tendiera su mano, y no que nos diera la patada.
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